El cielo de Tombuctú.

 

tombuctu

United Nations Photo

El sol está cayendo sobre las orillas de ese lugar al que nunca debió llegar. No queda demasiado tiempo de luz y el paisaje del lugar cambiará totalmente en unos pocos instantes. Pero hoy, a él, eso no le importa porque su camino va a continuar a pesar de la luz o mejor dicho a pesar de la falta de ella. Puede hacer ese camino sin necesidad de ver nada. Evidentemente no se ha molestado en prever algo que le ayude en la oscuridad que ha de llegar. Pero hasta que eso pase él decide sentarse en ese embarcadero para ver el agua pasar con esa luz crepuscular. Esa imagen del agua pasando como un todo silencioso que lo arrastra todo sin demasiado esfuerzo y que a la vez trae noticias del Norte en cada una de las piraguas que de vez en cuando llegan allí, le parece una imagen impresionante. Se entretiene viendo pasar la piragua sin motor con la que juegan unos niños, como lo hizo él durante toda su vida unos centenares de kilómetros más al Norte, en el lugar dónde nació, bañado por las aguas mágicas que hoy contempla convencido de que nada en realidad ha cambiado tanto en todo ese tiempo a pesar de los estragos de la madurez prematura. Mennad, decide quitarse una parte de la ropa azul que lleva sobre su cabeza y que tapa parcialmente su cara. No recuerda haber repetido ese gesto de forma pública, casi impúdica dirían muchos en el lugar dónde nació, pero hoy a él no le importa desnudar su cara ahora que el sol ya ha caído definitivamente y pronto nadie verá nada, porque cuando la noche cae lo hace como un manto fúnebre y nadie se atreve a salir de sus casas. Pero en ese momento sus pensamientos ya están rumbo al Norte, en su amada tierra, entre las arenas de Tombuctú. Ha llegado a ella, volando en su sueño de noche negra y cerrada. Y lo ha hecho en un momento y un día concreto. En la noche de aquél día hace casi ya cuarenta años en que él y su amigo Farid, decidieron salir de sus casas y acercarse a las dunas. Se ve a él mismo cerrando la puerta con remaches de hierro forjado, tan silenciosamente como puede porque sabe que si alguien sabe que se va a las dunas con su amigo Farid, todo llegará a los oídos del viejo Ousman y él no quiere que se entere de nada. Y por eso pone sus cinco sentidos en esa puerta que se acerca a su marco y la ajusta con la precisión del orfebre cuando trabaja la plata sobre el cuero. Mennad encuentra rápidamente a Farid y salen de la ciudad sigilosamente. No hay nadie en la calle. Es ya tarde y todo el mundo hace ya tiempo que descansa en sus casas. Y los dos niños de once años, llevan un hatillo en el que Mennad ha puesto alguna cosa para comer y unas velas robadas del cajón del silencio de su casa. Recuerda el miedo a cada paso en ese trayecto por la oscuridad. Recuerda que no fue nada especial que no hubiera visto antes paseando por la ciudad de la mano de su abuela cuando algún día se había hecho tarde de vuelta de casa de la hermana de su abuela. Pero esa era una noche en la que uno podía divisar las siluetas y sobre todo tenía fuertemente asida la mano de su abuela y ese era el mejor protector que uno podía tener. Pero la noche cambió a unos pocos metros de la salida del pueblo, en el camino que se acerca a las dunas más cercanas. La noche pasa de ser oscura a ser azabache y Mennad ya casi no ve ni a su amigo. Se paran y deciden darse la mano para continuar. Las dunas están ahí delante. Superan unas cuantas de ellas a duras penas hasta que deciden que ya es suficiente, que su valentía ya no da para más y se sientan en el lugar que les parece adecuado. Mennad saca una de las velas y la enciende con la ayuda de Farid. Se ven las caras el uno al otro por primera vez pero los dos saben que lo que realmente les importa es el cielo. Se han estirado boca arriba sin decir nada. Han aprendido que ante la visión de ese cielo y las guías que hay en él, uno debe guardar el silencio y agradecer a Alá que les haya permitido nacer en Tombuctú.

Mennad recuerda ese momento mágico cuarenta años atrás, casi ochocientos kilómetros más al Norte y empieza a caminar con sus pies descalzos para salir del pueblo y buscar unas dunas que no existen allí y esa noche azabache que sabe que tan sólo encontrará si llega hasta Tombuctú. Lleva igual que hace cuarenta años un hatillo con algunas cosas que no sirven para casi nada. Y como aquella misma noche pasada va en busca de Farid para compartir con él el cielo de la ciudad de los 333 santos.

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Quant a jbenet

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